Mundial

Roberto Martínez arribó a la selección belga con dos años por delante para gestionar mucho talento y una creciente expectativa. El exentrenador del Everton se encontró un conjunto de jugadores frenados por inconexiones tácticas y unas energías algo desenfocadas pero dos años después, en los que un sistema base ha ordenado talentos de primerísimo nivel, Bélgica llega a la Copa del Mundo de Rusia mucho más nítida que en citas anteriores. La evolución de sus hombres más decisivos ha encontrado mucho más sentido dentro del colectivo y el tiempo se ha convertido en un aliado para poder competir sin preguntarse, desnaturalizado hasta la llegada de Roberto Martínez, qué camino debe ser el que guíe al grupo hasta las rondas finales.
Debe introducirse en el caso belga el peculiar acomodo que necesitan hombres que de por sí son referencias individuales en sus clubes. Eden Hazard, Romelu Lukaku, Kevin de Bruyne o Dries Mertens han alcanzado un grado de relevancia en sus equipos que no resulta sencillo encajar de una tacada. El día a día de los clubes permite desarrollar a sus mejores futbolistas tanto en paralelo como en perpendicular con la ubicación idónea del sistema y de los jugadores que a su alrededor le dan forma junto al crack. Ha sido el desarrollo de estos mismos futbolistas en sus respectivos clubes lo que ha permitido a su seleccionador desclasificar el sistema más productivo, una misión nada sencilla para un grupo algo peculiar en cuanto al carácter transmitido como colectivo.
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La generación actual de futbolistas belgas encontraba un primer obstáculo a la hora de seleccionar, entre su prolífica cantera, laterales naturales, con vocación ofensiva y destreza en la posición, llegando a juntar Marc Wilmots, durante gran parte de su etapa al frente, mucha dificultad para hallar máximo nivel en la posición. Alderweireld y Vertonghen, indiscutibles como centrales en su club, desempeñaron la posición de ‘2’ y ‘3’, una dificultad añadida para llevar la iniciativa y generar superioridades. Para tratar de compensar ese déficit, ganando amplitud desde el primer pase, Martínez habilitó una línea de tres centrales y dos carrileros que se tornó en innegociable. Meunier y Carrasco, a medio camino entre la potenciación y el sacrificio táctico, sirvieron para resolver el primer tramo del puzzle. El otro, de algún modo, ya lo habían resuelto sus dos cracks.
Camisetas y equipaciones de la La Ligue 1 francesa: Paris Saint Germain, AS Mónaco, Marseille.
Y es que la sala de máquinas fue el otro gran problema de la era anterior. Marouane Fellaini, Axel Witsel, Radja Nainggolan, Steven Defour o Moussa Dembélé se caracterizaron por un despliegue físico carente de interpretación del espacio o la organización con balón, sin la personalidad y la jerarquía para llevar una total iniciativa. Cuando parecía que Bélgica tendría que convivir con ello, Kevin de Bruyne comenzó a crecer en una dirección concreta: su talento se enfocó en crear ventajas desde los primeros pases. Guardiola invirtió tiempo en que el belga fuese su ‘organizador Premier’, haciendo que su personalidad y derroche técnico supusieran para Bélgica matar dos pájaros de un tiro: De Bruyne ganaba galones en la creación, sin discusión a su alrededor, con espacio para bajar, tocar, subir y volver a tocar, mientras cedía la mediapunta a un Eden Hazard que ya había abandonado la banda en el Chelsea de Antonio Conte.